Un porteño estresado 


Atrajo mi atención un hombre sentado en la barra. Vestía traje de corte italiano, corbata de seda natural y usaba gemelos de oro. Tenía un maletín muy fino y su notebook con él. Era gerente de una de las más grandes compañías de automóviles. Muy poderoso. Muy adinerado. Muy exitoso a los ojos del mundo. Padre de familia y miembro muy respetado en su comunidad religiosa. Contaba en voz muy alta que, llegadas sus muy merecidas y postergadas vacaciones – y, habiéndose enterado de una modificación en el reglamento de copropiedad recién al arribar con su familia a su residencia vacacional -, debió alquilar otro departamento igual al suyo, para poder alojar junto a sí a su leal compañera, único remanso en su agitada y vertiginosa vida. Decía con total naturalidad: “¿Cómo iba a despachar a Chiara de vuelta a Buenos Aires, si de toda mi gente cercana era la única que estaba feliz de veranear conmigo?”.
Pidió otro trago. Parecía que la efervescencia de la bebida le hacía fluir sus recuerdos. Soltó una carcajada. Reía y repetía: “Eran las diez de la noche, fui al Halton y pedí el Penthouse más exclusivo. Para asegurarme que Chiara estaría a gusto, pagué en efectivo y por adelantado. Agregué tres billetes de cien para el consternado empleado. Le guiñé el ojo y le dije: “¡Asegúrese de que no le falte nada!”.
La despedida fue muy afectuosa, como siempre. Se tiró a mis pies, gimoteó suavemente en son de protesta, saltó sobre mí con sus dos patas delanteras y ladró tres veces. Dio una vuelta a mi alrededor y luego, resignada, se retiró, esperando mi retorno.”
Me interesó la historia. ¡Ese hombre era capaz de alquilar secretamente un Penthouse de lujo sólo para tener junto a él a su perra! De porte tan frío y distante, ¡finalmente, tenía alma! Me acerqué para escucharle mejor.
Continuaba su relato. “Llegué y le dije a Julia. “No te preocupes, ya solucioné todo. María la recogerá en el aeropuerto”. Asintió aliviada. Giró sobre su lado y se durmió. Yo hice otro tanto. Pero, la perspectiva de las escapadas al Halton iluminaba mi rostro por primera vez en mucho tiempo, con un brillo que me delataba. No me importó. Obviamente, nadie en mi familia, lo notaría…”
“Tu mundo se desmorona …”– le dije a Chiara en nuestro primer encuentro. Eran las 7.30 a.m. Caminábamos por la playa… “Y no podés entender que tu gente no lo perciba… Llegás a tu hogar, con el estómago suplicando una comida, el corazón ahogado en adrenalina – sólo contenido por los dos lexotanil que ingeriste en el día -, sumido en tus pensamientos, con la cabeza bloqueada por haber hablado con tanta gente y con el agobio de salvar el negocio antes de que la competencia te lo gane. Saludás a tu esposa…”
Chiara irguió sus orejas. Me miró con interrogación. “O.K., – lo reconozco. ¡Está bien! Me corrijo: La saludás con un beso automático… Estás ajeno… -“¿No me ves algo distinto?” – pregunta ella tras un silencio incómodo. Sorprendido, enfocás en ella y la ves con unos mechones violeta en su cabellera azabache que solías elogiarle. Respirás aliviado. La respuesta es fácil. -“¡Divino! … ¡Muy moderno!” – para agregar algo más. Finges entusiasmo. No parece sonar muy convincente… “Disculpáme, tuve un día difícil”… Se ablanda un poco. Hace un esfuerzo por sonar comprensiva. -“¡¡¡Pobrecito!!!…. ¡Mirá, iremos a cenar y te olvidarás!” –“¿Hoy? Va a ser complicado, querida… Debería comer algo rápido y prepararme para una conference con Londres y Roma en media hora!”… A esta altura salen chispas de sus ojos. No se puede dominar más. La miro mejor. Lleva ropa nueva, insinuante y su maquillaje es reciente. De repente, recordás la promesa de la noche anterior. Y de la semana que pasó. Que fue igual al mes pasado. Y, así, para atrás. Ya no recuerdo cuándo fue la última vez que cumplí. Un aire frío congela el ambiente. ¿Serán seis, diez o doce meses que no salimos solos?…”
“Me pregunto ¿qué quiere de mí!? ¡No tolero más sus reproches silenciosos! Es ella la que debe cuidar el clima del hogar… Es su función… Yo traigo la plata… No comprende. ¡Es demasiado caprichosa!… Siento mi mirada distante sobre ella. ¿Cuánto hace que las cosas no marchan?…
Rompe a llorar. -“Andá, me quedaré sola – estoy acostumbrada.” La abrazo. Le doy una palmada de consuelo con un movimiento mecánico. Estoy muy endurecido. Me retiro. Tengo mucho que hacer. -“Ya tendremos tiempo para nosotros. Te lo prometo. Tené paciencia.” – repito lo de siempre.
Unas gotas saladas me vuelven a la realidad. Chiara me miraba fijo a los ojos. Raro para un perro, ¿no? Se sienta en la arena. Dirige al cabo de unos minutos su vista al mar. Un tiempo para nosotros… ¿Qué tiempo? … La eterna postergación… Yo también estoy harto…!”
En nuestro segundo paseo me escuchó despotricar mucho. “¡Estoy furioso! ¿Por qué!!!??? ¿Por qué!!!??? ¿Por quééé!!!???” … Siempre me pongo así cuando se trata de los chicos. Ya son adolescentes y su rebeldía me supera. Me pongo a pensar muchas veces que es consecuencia de que casi no estoy en casa. Aunque Julia dice que son así, que es la edad, que ya se les va a pasar. Pero, subliminalmente sigue reclamando más presencia mía. ¡No tengo tiempo para saborear lo bueno de lo cotidiano y tengo que resistir los embates de los cuestionamientos!”
“Aunque esté en casa, sigo en la oficina. Suena el celular, el teléfono, llegan los mails, la computadora no se apaga. El almuerzo familiar es interrumpido una y otra vez. No hay sobremesa. Me desmayo después de comer. Caigo rendido en una siesta involuntaria.
– “Los chicos te necesitan… Bajaron las notas de Augusto… Nos citaron en la escuela”…
Sientoa mis hijos y les explico: “Trato de ganarme la vida lo mejor posible, por ustedes, por mamá. No puedo rechazar los ascensos. Tampoco puedo quedarme en el molde. No se puede dejar de crecer. Sepánlo y apréndanlo. Mi abuelo horticurtor, me decía: “Los árboles crecen hasta morir”. En el trabajo se ha vuelto más o menos así…”
“Chiara se me acerca. El sol está suave. El mar también nos acompaña. Se acurruca a mis pies. Capta mi desazón. Una gaviota sobrevuela las olas. Lo que más me duele son los chicos…
Recuerdo ese partido de fútbol, el día del padre en la escuela, – al que Augusto me llevó arrastrándome de la cama (hacía dos noches que no dormía preparando la presentación del nuevo proyecto) y al que como siempre, llegamos diez segundos antes de que comenzara, tras una alocada carrera de obstáculos por la autopista. Pero, eso sí. Sin trasgredir el límite de velocidad máxima permitida. Así es. Soy muy correcto.
Augusto es capitán de fútbol de su House. Y ese día se jugaba el honor. Ganamos tras un exhaustivo y emocionante combate contra los de East. En el último minuto le hice un pase y Augusto definió con un gol magistral. ¡Estábamos felices! Gritamos como nunca. Transpirados, rojos por el calor y el esfuerzo todos nos abrazábamos y agitábamos la camiseta. ¡Jamás lo olvidaré! Augusto recibiendo en el podio la copa satisfecho y radiante, y diciendo, muy serio, por el micrófono cuando se hizo un poco de orden: “Esto ha sido una prueba, una vez más, del coraje, sacrificio, perseverancia y convicción que demuestra nuestro equipo. Y que yo, particularmente, quiero agradecer a mi padre porque día a día me transmite con su modelo estos valores”. Aplausos y cantos…
Chiara lamió mi mejilla. ¡Pasó tanto tiempo después de ese día!… Tanta distancia… Sí, Agusto está creciendo y el diálogo es más difícil. El tiempo es precioso…”
“Creo, Chiara – le dije convencido -, que hoy te dejo en el Halton y me voy a comprar una tabla de surf…”
A esta altura de su relato, le toqué suavemente el hombro. Me miró extrañado. Simplemente le dije: “Disculpe, no sé cómo terminaron sus vacaciones pero sé de algo que lo puede ayudar…” Tomó la tarjeta que le extendí y me dijo – ocultando inmediatamente como pudo sus sentimientos y asumiendo un tono defensivo: “Cuénteme de qué se trata…”

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