ADELGAZAR, ADELGAZAR…ADELGAZAR ¿QUÉ…?

Sucede con frecuencia que al intentar escribir en el microprocesador algún texto, el sistema asume que el idioma del que se trata es el “inglés de Estados Unidos”. El software así lo impone, por lo menos el que dispongo o del que quisiera poder disponer sin tanto esfuerzo como para que entienda que mi idioma no es ése, sino el “español de Argentina”.
Reconozco no ser un experto en sistemas cibernéticos, no es lo mío, me las arreglo como puedo, pero al punto al que voy es que siempre hay algo que nos anticipa, que nos excede, más allá de nuestra voluntad y, globalización mediante, se nos impone de manera incalculada, metiéndose en nuestro texto. Nos confronta con la no grata tarea (por lo repetitivo) de intentar poner las cosas en claro nuevamente, renovando la esperanza de que finalmente quede registrado en el sistema, lo que el sistema se resiste a registrar: “¿En qué idioma hablo?”.

La época light nos demanda adelgazar, ofreciéndonos al mismo tiempo todo lo disponible en bajas calorías, y los más exquisitos bombones, helados, fiambres, pastas, pizzas, empanadas y la lista se hace interminable…
Las buenas razones no faltan para tal empresa: el colesterol elevado es peligroso, el sobrepeso aumenta el riesgo cardíaco, la estética exige que para estar en el mercado de lo deseable, tanto hombres y mujeres deben estar en línea…
¿En línea o alineados?
¿En línea o alienados?, me pregunto.

No pongo en cuestión las buenas razones, las cuales están fuera de toda discusión y acuerdo con tenerlas en cuenta y practicarlas, si queremos contar con condiciones más saludables para vivir. ¡En hora buena si podemos sostenerlo!
Propongo ponernos a pensar –tarea nada sencilla– en tiempos de: ¡llame ya¡, el delivery, “coma y no engorde” tomando algo que deshace lo ingerido, pulverizando mágicamente los efectos indeseables del exceso. Propongo pensar qué nos engorda verdaderamente (más allá de los hidratos de carbono).
¿Qué nos pesa?… Qué de lo extranjero nos atrapa, se nos mete en el microprocesador de nuestro psiquismo y lo tratamos como el propio idioma, lo hacemos nuestro sin estar anoticiados de que esa ajenidad se ha insertado en nuestro ser, con tal sutileza que nos resulta absolutamente familiar. Incorporamos mandatos, modas, estilos de vida, del mismo modo que la exigencia de esbeltez.
¿Qué incorporamos como idioma materno y lo hacemos propio?, sin habernos interrogado sobre la procedencia y pertinencia de un texto extranjero al que nos hemos identificado de la peor manera, con consecuencias impensadas, indeseadas, que intentan hacerse oír vía los síntomas con los que nos hemos acostumbrado a convivir.
¡Es verdad! …Hemos engordado… de tal manera nuestra existencia, que nos cuesta interrogar ese volumen que se ha hecho carne en nuestro ser.
Adelgazar, adelgazar …, acuerdo con…, pero ¿adelgazar qué?
Adelgazar los kilos que el cuerpo delata en su exceso, y un sujeto registra como exceso, como exceso propio, bienvenido sea. Hay planes de adelgazamiento que están a la orden del día, y aquél que sienta que hay allí un plus a reducir.. adelante. Dietas balanceadas, profesionales serios, balanzas bien calibradas, caminatas aeróbicas, si están sostenidas por el deseo genuino de estar mejor, difícilmente fracasarán.

Pero…, para adelgazar los otros kilos (muchas veces acompañados de los kilos que el cuerpo denuncia también en la balanza), hablo de los kilos que nos pesan como malestar de nuestra cultura light, el psicoanálisis oferta una experiencia posible. Posible para aquel sujeto dispuesto a interrogar y descubrir el texto que lo habita en su cuerpo de goce, en su cuerpo alienado en los discursos de la época, que lo alinean en la globalización totalizadora, del discurso del amo contemporáneo.
Resistir a lo que intenta desconocer la verdadera subjetividad, tramada en la consistencia del “idioma” de cada sujeto humano y proponer un camino de invención singular, es el desafío del psicoanálisis, del siglo XXI.

 

Trama Red Psicoanalítica